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sábado, 30 de enero de 2010

MUJER BLANCA CASADA, ESCLAVA EN AFRICA (II)

Capitulo 2: Polvo de altura



Al llegar al aeropuerto no vi a Hans, aunque mis guardaespaldas sabían bien que hacer y tras pasar el control de pasaportes subimos a un avión un poco más pequeño de lo normal, un jet privado según me dijeron, entramos por la zona trasera a un pequeño compartimento en el que había un asiento triple, colocándome a mí en medio.

Pregunte por Hans y me dijeron que el iba en la otra cabina con unos clientes y que nos veríamos en Johannesburgo. Nos esperaban 12 horas de vuelo.

Una vez despegamos nos trajeron la comida y mis acompañantes aprovecharon para contarme un poco de que conocían a Hans, que habían hecho algunos reportajes para él y conocían gente influyente tanto en África del Sur como en Botswana, eran también angoleños. Me preguntaron que tal lo había pasado con ellos y alabaron mi cuerpo y mis cualidades como amante. “Aún podremos conocerte mejor a lo largo del viaje” añadió el más joven.

Después de retirarnos la comida, pusieron una película y yo me quede dormida, mis amigos me dejaron sus asientos para que pudiera tumbarme a dormir.

Llevaba unas horas durmiendo cuando uno de mis amigos me despertó susurrando: “princesa, te requieren en primera clase” me dijo. Me levante. El avión estaba en semipenumbra y fuera atardecía. Habia un documental en la tele sobre África y su fauna, avancé descalza siguiendo a mi amigo y pase a la zona delantera del avion, habia dos puertas y mi vigilante llamo a una, esta se abrío..

El compartimiento rodeado por cortinas era amplio, con una mesa central y cuatro sillones reclinables.

Allí estaba Hans con dos hombres negros uno ya mayor, casi 60 y otro de unos cuarenta y tantos, hablaban en inglés pero al llegar yo cambiaron a un idioma africano.

Hans me hizo sentar en uno de los amplios sillones. “Vete desnudando preciosa” me dijo guiñándome un ojo. Ellos siguieron hablado mientas yo me despojaba de la blusa, no llevaba sujetador, y de la falda, quedándome en tanga. Los africanos me miraban con interés, fuera del compartimiento se oían conversaciones y risas de otros pasajeros de primera.

Hans le hizo un gesto al negro joven y este se acercó y me quito el tanga, después me cogió de la mano y me hizo levantar, llevándome hacia el hombre mayor que seguía sentado en su asiento con un whisky en la mano.

Me hizo un gesto de que me sentara sobre él y al hacerlo note un miembro grande y duro que me hizo sobresaltar, el sonrió y me hizo levantar, me miro de arriba a bajo y me hizo un gesto para que le sacara la polla del pantalón. Me arrodille ante él y se la saque. Impresionante tranca que lleve a mis labios, pero el me hizo un gesto con la mano, quería que me sentara sobre ella, y así lo hice. La cabina estaba tenuemente iluminada lo que le daba un tono misterioso a la situación. Empecé a cabalgar sobre el mientras el me sujetaba por las caderas o manoseaba mis desnudos pechos. El joven negro se colocó ante mí y sacando su aparato que tampoco era desdeñable, me lo puso en la boca, mientras Hans hacia fotos de la situación y mi guardaespaldas vigilaba que nadie se incorporara a la fiesta. Durante casi media hora ambos hombres me follaron en esa postura hasta que ambos se corrieron en mis dos agujeros. Tuve que tragar toda la leche de mi boca.

Después Hans me acercó al lavabo para que me aseara y entonces saco de su maletín un arnés, con dos consoladores, tipo tanga y me lo hizo poner con los dos penes de caucho dentro de mis agujeros del coño y el culo. “Hasta que lleguemos a Johannesburgo dentro de 6 horas, no te lo quitare”. Cerró el tanga con un candado y me hizo vestir y volver a mi asiento.

Regrese a mi asiento y me tumbe de lado, tratando de dormir, pero empezando ya a sentir los primeros efectos de mi viaje al mundo del sexo africano.

Casi no me había dormido cuando nos despertaron para darnos la cena. Me senté sobre mis consoladores y sentí una extraña sensación. Mis amigos volvieron a mi lado para cenar y hablaban en un idioma africano entre ellos mientras me miraban y me sonreían.

Ellos mismos me sirvieron la cena, me dieron vino blanco para beber e incluso me hicieron alguna caricia extra bajo mi falda mientras cenábamos.

Terminada al cena, nueva película y yo decidí volver a dormirme, quien sabe cuando podría volver a conciliar el sueño varias horas seguidas, el ritmo que había cogido el viaje me hacia pensar que mi cuerpo no descansaría mucho en los próximos 6 días.

Me despertaron mi amigos: “Princesa, en breve vamos a aterrizar, querrás arreglarte” me dijeron. Me levante y me fui descalza al baño, pero no podía mear, con el consolador metido. Me arregle el pelo, me lave los dientes y me perfume un poco, volví a mi asiento y le dije a uno de mis guardaespaldas que no podía mear con eso ahí dentro. Sonrió “Ya mearas cuando aterricemos, queda apenas media hora”

Efectivamente los indicadores de cinturones estaban encendidos y mis amigos se acomodaron junto a mí, “ya queda menos” me susurraron al oído.

El aterrizaje se me hizo eterno con la sensación de mear y el consolador dentro, esa sensación de plenitud, de angustia por no poder mear, dolor de aguantar….

Baje del avión sonriendo pero meandome a rabiar, mis amigos me acompañaron a la Terminal “estaremos tres horas aquí” me dijeron.

Pasamos el control de pasaportes, los policías me miraban con interés, blanca, rubia, sin sujetador con tetas bamboleantes, botas vaqueras, minifalda… ¡¡¡ y si supieran lo que llevaba debajo puesto¡¡¡.

Salimos de la Terminal y nos esperaba un coche negro. Era de noche cerrada. Subimos a el y nos metimos en la autopista hacia la ciudad. Tras veinte minutos de viaje paramos en una zona de casas bajas aún fuera de la ciudad, no se veía un alma. Me baje del coche y mis amigos me acompañaron al interior. Estaba parcamente amueblada con enseres de madera de varios y llamativos colores. Una mujer grande negra, me dio la mano al entrar. Dentro estaba Hans con los dos hombres del avión.

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